HUGO DEL CARRIL: TANGO Y CINE
- 9 jul
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Actualizado: 10 jul
Fernando del Priore y Alejandro Ojeda

La historia del tango está poblada de grandes voces. Algunas deslumbraron por su técnica, otras por la intensidad de su expresión y unas pocas lograron convertirse en símbolos de una época. Hugo Del Carril pertenece a este último grupo. Su figura trasciende largamente la del cantor exitoso para instalarse entre los grandes protagonistas de la cultura argentina del siglo XX. Fue actor, director cinematográfico, intérprete exquisito del tango y un hombre que nunca ocultó sus convicciones políticas, aun cuando ello significara pagar un alto precio personal y profesional.
Nacido en Buenos Aires el 30 de noviembre de 1912 con el nombre de Piero Bruno Hugo Fontana, creció en una ciudad donde el tango era mucho más que música: era la expresión cotidiana de los barrios, de los cafés y de una sociedad en permanente transformación. Desde muy joven encontró en la radio el escenario ideal para desarrollar su vocación artística. Aquella poderosa industria cultural que florecía en las décadas del treinta y del cuarenta abrió las puertas a un muchacho de voz cálida, elegante y de impecable presencia, que muy pronto comenzó a conquistar un lugar entre los intérpretes más destacados del género.
No era sencillo construir una personalidad artística en los años posteriores a la muerte de Carlos Gardel. Muchos intentaron seguir sus pasos reproduciendo su estilo, pero Hugo del Carril eligió un camino diferente. Comprendió que el mejor homenaje al Zorzal Criollo consistía en encontrar una voz propia. Así nació un intérprete de gran sobriedad, dueño de una dicción perfecta y de un fraseo que privilegiaba el sentido poético de las letras. Nunca buscó el efectismo. Cantaba con una naturalidad que permitía que el protagonista fuera siempre el tango.
Su repertorio demuestra la calidad de sus elecciones. Recurrió a los grandes poetas de la canción porteña: Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Cátulo Castillo, Homero Expósito, José María Contursi y tantos otros autores que elevaron al tango a la categoría de auténtica literatura popular. Obras como Sur, Nada, La calesita, Che bandoneón, La última curda, El motivo o El último café encontraron en su interpretación un equilibrio admirable entre emoción y mesura. Detrás de cada verso existía una historia humana que debía ser contada con respeto y sensibilidad.
Su vocación no se agotó en la música. Muy pronto el cine descubrió en él a un actor de notable presencia escénica. Su físico elegante, su voz inconfundible y su natural desenvoltura frente a las cámaras lo convirtieron en una de las grandes figuras de la llamada época de oro del cine argentino. Y su mayor dimensión artística aparecería cuando decidió ubicarse detrás de la cámara.
Como director construyó una filmografía que ocupa un lugar de privilegio en la historia del cine nacional. Entre esas realizaciones sobresalió Las aguas bajan turbias (1952), basada en la novela El río oscuro de Alfredo Varela. La película no solo constituye una obra de enorme calidad cinematográfica sino también un profundo testimonio sobre la explotación de los trabajadores en los yerbatales del nordeste argentino. Allí aparece un Hugo del Carril preocupado por las injusticias sociales y convencido de que el arte podía convertirse en una herramienta de reflexión sin perder calidad estética. Aquella película sigue siendo considerada una de las cumbres del cine argentino.
Pero resulta imposible hablar de Hugo del Carril sin detenerse en su compromiso político. Desde la irrupción del movimiento encabezado por Perón y Eva Perón, manifestó públicamente su adhesión. Fue una identificación profunda con una concepción de justicia social coherente con sus propios valores. Su voz quedó unida para siempre a la interpretación de la Marcha Peronista, uno de los símbolos persistentes del movimiento.
Esa decisión marcaría buena parte de su vida. Tras el derrocamiento de Perón en 1955, sufrió la persecución política que alcanzó a numerosos artistas e intelectuales identificados con el gobierno depuesto. Fue encarcelado, censurado y marginado de la actividad cinematográfica durante varios años. Sin embargo, jamás renegó de sus ideas, aun cuando ello significara sacrificar su carrera.
Con el tiempo, las pasiones políticas fueron cediendo y comenzó a imponerse la dimensión artística de su obra. Hoy resulta evidente que pertenece al patrimonio cultural de todos los argentinos, más allá de las diferencias ideológicas o políticas.
Dentro del tango ocupa un lugar singular. No fue solamente una gran voz; fue un intérprete culto, respetuoso de la poesía y conciente del valor histórico de cada canción. Comprendía que el tango era una síntesis de música, literatura y sentimiento popular. Sus interpretaciones permanecen como testimonios de un cantor que era, ante todo, un narrador de emociones.
Falleció el 13 de agosto de 1989. Había atravesado casi todo el siglo XX argentino, con sus grandezas y conflictos. Su legado continúa vivo en sus discos, en sus películas y en la memoria colectiva de un pueblo. Fue la voz del tango, la imagen del cine nacional y un ciudadano que asumió las consecuencias de pensar y actuar de acuerdo con sus ideales.
La notable obra cinematográfica de Hugo Del Carril se conserva en diversos repositorios y trasciende las fronteras de nuestro país. “A media luz... (Salón Fru-Fru)” −o “Senda sin culpa” como también se la conoce−, una película realizada en México en 1947, resulta una curiosidad dentro de esa filmografía. Se puede calificar en la categoría de melodrama, en cuyo transcurso se llevan al extremo sus componentes, intercalando las interpretaciones de varios de nuestros más famosos tangos.
El argumento cuenta la aparición del protagonista en una carpa de baile, trayendo consigo un pasado oculto, cuya apostura atrae y seduce a todas las mujeres. Enseguida se convierte en la atracción principal del alicaído espectáculo, pues sabe cantar y tiene una presencia impactante en el escenario: lo que necesitaban para remontar la economía del negocio y llenar de público la sala. Entretanto, se disputan los amores del galán la dueña del lugar y otras jóvenes del entorno.
Los números musicales son una seguidilla de títulos clásicos del cancionero de Hugo. Adiós muchachos, A media luz (que da título a la película), Si soy así, El porteñito, resultan como una muestra de tango for export del Buenos Aires de entonces. En México ya se lo conocía ampliamente a Hugo Del Carril, y da la impresión que el director, Antonio Momplet, o los productores, sin arriesgar mucho, decidieron atenerse al repertorio de mayor repercusión popular.
Y llegamos a Azabache, último número musical del film. Se trata de una milonga candombe de 1942, de Enrique Francini y Héctor Stamponi con letra de Homero Expósito. Su interpretación coral es impactante. En medio de lo más álgido de la trama, el protagonista debe salir a cantar. Se pinta la cara y oscurece su piel. Como si la negrura lo transformara, hasta un desenlace trágico. En ese extrañamiento él canta. El ritual del escenario es el lugar seguro. Arde el fuego de los negros, lo rodean los bailarines que lo protegen de todo lo que está por desmoronarse fuera de ese círculo sagrado.
Luego de la canción, nuevamente huir. En el fondo es un hombre bueno, pero el destino lo empuja, un destino que no elige y lo lleva al final épico que corona la trama del culebrón. El espectador tampoco podrá escapar a la inevitable impresión de ver el talento de Hugo Del Carril, saliendo siempre airoso para salvar cualquier argumento.






















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