ACERCA DE LA IDENTIDAD NACIONAL: una lectura desde el contextualismo funcional
7 jul
5 min de lectura
Romina Iusem
Licenciada en Psicología
El objetivo de este artículo es pensar la identidad nacional argentina desde un marco conceptual de la psicología contemporánea: el contextualismo funcional. Desde esta perspectiva, la identidad es un proceso dinámico en el que se afectan recíprocamente elementos psicológicos privados e individuales con elementos del contexto, tanto histórico como actual.
La psicología ha desarrollado teorías sobre la construcción de la identidad en términos individuales; un proceso en el cual interactúan elementos individuales afectivos y cognitivos (emociones, recuerdos, creencias) con elementos del contexto (eventos, normas sociales, relaciones con otras personas, símbolos institucionales).
En la dimensión afectiva, los estados emocionales y las experiencias valiosas (orgullo, vergüenza, pertenencia, trauma) inciden en la forma en que una persona siente su yo y se posiciona frente a grupos y roles. En la dimensión cognitiva, procesos como la memoria autobiográfica, la interpretación causal de los acontecimientos y las creencias sobre uno mismo estructuran narrativas personales coherentes.
En cuanto al contexto, los eventos biográficos (mudanzas, pérdidas, logros), los procesos sociales (mediados por los medios de comunicación), las relaciones interpersonales (especialmente la familia y luego pares y maestros) y los símbolos institucionales (muchas veces ritualizados por la escuela o la religión) ofrecen recursos y restricciones para la construcción identitaria.
Entonces, la identidad es estable en términos de continuidad narrativa y rasgos, pero también flexible: va cambiando a partir de las experiencias, relaciones y contextos históricos.
Una idea central en varias corrientes de la psicología es que la identidad se construye en relación con un "otro" que sirve de referencia o contraste. Se va construyendo un sentido de pertenencia y lealtad que delimita y excluye características de individuos o grupos diferentes ("nosotros" vs. "ellos"). En este sentido, la identidad individual se construye en simultáneo con una identidad colectiva como la identidad nacional.
Aplicando esto a nuestro país, es importante tener en cuenta que la construcción de la identidad nacional se fue desarrollando a la par de la formación del Estado, y actualmente se representa a través de símbolos y prácticas transmitidas por la institución escolar: la bandera, la escarapela, los próceres patrios, cantar el himno, participar de un acto. Estas representaciones y comportamientos favorecen el sentido de pertenencia y también la diferenciación respecto a un otro.
Este es un debate abierto en la historia argentina. ¿Qué tipo de nación se desarrollaría? El papel de las élites locales tuvo un gran peso en este sentido, pues un sector ligado al comercio exterior a través del puerto centralizaba el poder y subordinaba las regiones interiores.
En principio, la independencia se fundaba en la delimitación de España como "otro", y comenzó a construirse la diferencia cultural y política durante el orden colonial. Pero diversas interpretaciones discuten el alcance de esa diferenciación. Más adelante se abrió un proceso que debatía entre el centralismo y la federalización de la nueva nación, una nueva rivalidad en la que cada grupo se definió en oposición al otro. Luego, con las campañas para expandir el territorio, se contraponía la identidad "argentina" definida como criolla, europea y moderna, en contraste con el indígena percibido como "bárbaro".
Culminando este proceso, la inmigración masiva europea generó una tensión identitaria con el “otro” inmigrante, y se tornaba más complejo establecer el contraste en relación a un otro claramente delimitado.
La consolidación de ciertas instituciones y rituales cívicos tendió a forjar un sentido de nación con fuerte anclaje en la escuela, el ejército y el mito del progreso. Se planteó la negación de la heterogeneidad social y cultural, proyectando una imagen de país uniforme, sin minorías étnicas, que comenzó con el genocidio indígena. A los pueblos originarios se los borró de la génesis de la nación, construyendo la narrativa del país fundado por quienes bajaban de los barcos europeos. Hay discursos en que los indígenas son considerados extranjeros y no miembros de pueblos que participaron de la fundación de la nación; por ejemplo, los mapuches de la Patagonia suelen ser considerados “chilenos”.
La identidad nacional argentina en cierto sentido se “oficializó” negando su propia diversidad, al elegir qué rasgos, historias y símbolos contar como “nacionales”. Se marginaron u ocultaron otras experiencias. Ese proceso no fue sólo de eliminación: implicó también selección activa (qué recordar, qué enseñar en la escuela, quién entra en las representaciones oficiales) y la creación de mitos que tendieron a homogeneizar la imagen de la nación con una falsa disyuntiva: integrarse a la cultura dominante o mantener las particularidades a costa de la exclusión.
Esa dinámica guarda una estrecha analogía con la construcción de la identidad individual como se entiende desde el contextualismo funcional en psicología. A nivel personal también existe una tensión constante entre asimilación e integración por un lado, y diversificación y resistencia por otro. Cuando alguien incorpora un rol social suele silenciar aspectos contradictorios de su historia personal para mantener una narrativa coherente. En la esfera nacional sucede lo mismo: las instituciones, la educación y los símbolos pueden promover una versión normativa del “ser nacional”, excluyendo los relatos de comunidades marginadas.
Reconocer esta doble dinámica muestra que la identidad no es una pared rígida sino un campo en tensión: las versiones tradicionalmente dominantes pueden perder hegemonía si se abren espacios para la visibilidad, la memoria plural y la participación democrática. Admitir que la nación se construyó con el protagonismo de una diversidad de clases y pueblos abre la posibilidad de una ciudadanía más plural, en la que la unidad no dependa de la homogeneidad sino del reconocimiento y la negociación entre múltiples pertenencias.
Podemos pensar que la identidad nacional argentina se continúa configurando. La identidad blanca, europea y moderna, construida en oposición al indígena "bárbaro" y al vecino latinoamericano diferente, genera hoy resistencias, y también cuestionamientos al mito de la "nación homogénea". Desde la psicología contextual, esta identidad no es fija sino un proceso que se reactiva y reconfigura en contextos contemporáneos, en una doble dinámica de identificación con semejantes y delimitación de diferentes.
A partir de este análisis conceptual podemos pensar entonces algunas problemáticas contemporáneas, como la conmemoración de la independencia argentina, que incluye los festejos del 25 de mayo y del 9 de julio.
Estas fiestas cívicas funcionan como un dispositivo simbólico donde se activan y disputan narrativas sobre qué significa ser argentino. Como se ha expresado, desde el marco del contextualismo funcional, la identidad nacional no es una esencia fija sino una red de prácticas verbales y relacionales sensibles a contextos históricos e institucionales que dialogan; las instituciones (escuela, Estado), los rituales (actos, himno, bandera), los discursos mediáticos y las interacciones en redes sociales son contextos que favorecen el mantenimiento o la transformación de algunas representaciones identitarias.
Esta lectura permite analizar por qué el 25 de mayo sigue siendo un punto de choque entre una visión hispanista y otras posiciones americanistas o indoamericanas: no es sólo memoria, sino un escenario de interpretaciones historiográficas que moldean conductas identitarias.
Las políticas culturales y educativas reflejan estos problemas. Las que incorporan la pluralidad de sujetos populares promueven que la identidad nacional funcione como marco de pertenencia inclusiva. En última instancia, la conmemoración puede servir tanto para perpetuar mitos de homogeneidad o de exclusión como para abrir espacios de reconstrucción.
Nuestra época muestra una tensión creciente entre actos oficiales que buscan continuidad, corrientes sociales que reclaman diversidad y plataformas digitales que resignifican símbolos. El enfoque del contextualismo funcional ayuda a entender estas dinámicas no como contradicciones irresolubles, sino como procesos contingentes donde las prácticas discursivas y rituales determinan qué versiones de la nación se fortalecen o se debilitan en cada conmemoración.























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