LA DANZA Y OTROS CAMINOS
- 7 jul
- 9 min de lectura
Actualizado: 9 jul
Entrevista a GABY AYALA
por Constanza Dotta
con la colaboración de Daniela Mizrahi, Victoria Braunstein, Susana Cannataro, María Beatriz Roble y Manuel Cornejo, alumnos de danza de Gaby

Gabriela Ayala se define como militante de la vida, y concibe su arte desde la recuperación de las culturas originarias del Abya Yala, a las que adopta, propone y actualiza en su trabajo artístico y docente. Digna hija de Santiago Ayala, el Chúcaro (1918-1994), adopta y sostiene la rebeldía, la musicalidad, la vocación artística plástica de su padre, y su linaje indígena.
Constanza Dotta: ¿Cómo viviste en tu infancia la actividad artística de tus padres?
Gabriela Ayala: En mi primera infancia viví inmersa en el mundo del arte, sin saberlo. Mi casa era muy grande, con un patio muy grande, un quincho. Y siempre estaba llena de artistas. Venían bailarines, ensayaban y se quedaban, convivíamos. Mesas largas de artistas, comiendo asado, tomando, y se armaban charlas muy interesantes. Cuando hacían sus espectáculos, yo estaba entre los telones, me metía por los camarines. Era un mundo hermoso, de fantasía. Yo no me daba cuenta, no dimensionaba. Estaba en mi mundo, jugando, pero escuchaba. Y creo que todo eso me incentivó.
CD: ¿Cómo influyó tu padre, el Chúcaro?
GA: Desde muchos lugares. Porque mi papá se dedicó también a la plástica. Los dibujos que hacía eran alucinantes, estaban en movimiento: un hombre cayendo del caballo, siempre había algo de danza y movimiento. Me quedaba horas mirándolo dibujar, y él me enseñó los primeros trazos. Al mismo tiempo, me hablaba de su infancia, me contaba que iba a la escuela a caballo, me hablaba de la Salamanca, me hablaba del diablo, con esa cara de diablo que tenía, y era grandote; me fascinaba, me imaginaba todo ese mundo. Me hablaba de las estrellas, de las tres marías, decía que yo iba a ir a la del medio de las tres. Entonces yo amo esa constelación, siempre que miro al cielo y veo a Orión me acuerdo de él. Para mí era todo hermoso. Y creo que me dejó una marca muy profunda con respecto a los pueblos originarios, porque la única abuela que conocí, la paterna, mi padre decía que había sido hija de un cacique. En la escuela me costaba mucho entender la historia nacional, no me gustaba. Sin embargo, todo lo que tenía que ver con pueblos originarios me atrapaba, había algo místico en eso, sentía como si yo hubiera sido parte de eso, y eso parte de mí. Ese mundo me resultaba mágico, de una gran sabiduría y algo por descubrir.
CD: ¿Y la salida de ese mundo, la escuela, el barrio?
GA:. Cuando salí al mundo, era otra cosa. Ahí empecé a sufrir, a pasarla mal. Me empecé a topar con algo que no me era coherente o natural. Me costó y me sigue costando. Como si fuéramos ovejas negras en mi casa, y de pronto cuando salí supe que había ovejas blancas, y eran todas ovejas blancas. Fue muy fuerte. Una cosa era mi casa y su contexto, y otra cosa era adonde yo tenía que pertenecer y para qué. Esos dos mundos convivieron en mí desde entonces.
CD: ¿Cómo fue tu trayectoria escolar?
GA: Primero fui a un jardín, fue medio duro, aunque hacía expresión corporal y en algún momento me mandaron al Colegium Musicum, que me encantó. Luego, en la primaria me encantaba estar con mis compañeros, pero la escuela fue difícil. A la vez empecé con expresión corporal y danza clásica. Y después el secundario en la Escuela Nacional de Danza. Había de todo, dibujo, francés, música, historia de la danza, danza clásica, danza moderna, danza folklórica. Las clases de folklore eran muy académicas, todos igualitos, que los brazos iban así, todos rígidos… Yo no lo soportaba, quería ser libre, y las instituciones te coartan. En segundo o tercer año me fui del colegio, un poco peleada con la danza.
CD: ¿Qué hiciste cuando dejaste la escuela?
GA: Empecé a explorar el mundo del dibujo. En paralelo hice clases de danza contemporánea con Andrea Chinetti, con Ana María Stekelman, y la Escuela de Enseñanza Artística Lola Mora.
CD: ¿Por carriles separados, la danza y la plástica?
GA: En cierto modo, sí. Hasta que conocí a Roberto Páez, un grabador, artista plástico. Fue mi maestro, con mayúscula. Me enseñó a soltarme, a bailar en el dibujo, como me decía siempre. Al principio yo dibujaba con lápiz, tratando de que mi dibujo fuese igualito al modelo. Roberto me propuso la carbonilla, la hoja vertical, marcar el eje, empezar a soltar los trazos. Cuando después retomé la danza, empecé a sentir todo eso en mi cuerpo. Yo era el lápiz que dibujaba en el espacio. Después, con los años, me fui metiendo también en otras artes.

CD: ¿Cómo fue eso?
GA: Incorporé muy rápidamente la platería: conocí el calado en bronce, y pasé inmediatamente a trabajar en plata el cincelado de arrastre. Luego fue el descubrimiento del NOA, a través de una querida amiga de la escuela de danza que me invita a Jujuy. Allá fui, en 2001, y Jujuy me partió la cabeza. Escuchando un recital de Mercedes Sosa, mirando ese paisaje, escuchando a Jaime Torres, tocó una fibra muy profunda mía. Empecé a ir muy seguido a Jujuy, y a conocer distintas provincias, celebraciones, paisajes, distinta gente, distintas culturas. En uno de tantos viajes a Jujuy me quedé y viví allí seis años, hasta el 2010. Allí, después de años, volví a bailar. Empecé a dar clases otra vez, y así volví a la danza.
CD: ¿Cómo se dio tu acercamiento a las culturas de los pueblos originarios?
GA: Viviendo ahí te vas metiendo en esa cultura. Escuchaba a los copleros; viajaba mucho a La Rioja y a Catamarca. Me empecé a integrar con músicos, pintores, copleros, otros artistas plásticos. Ellos también están colonizados, pero ahí hay algo muy vivo, soterrado. El NOA me relacionó con la América antigua, con los mensajes ancestrales, la mitología, la sabiduría. Recorrí y me metí en lugares insólitos, donde no llegan ni las rutas, participé de las celebraciones en comunidades, con la gente de allá. Gente que es y está, su sola presencia ya te dice un montón.
CD: Hablas de ser, estar, me remite a Rodolfo Kusch.
GA: Sí, Kusch fue un autor de cabecera para mí, desde muy chica. También otros, Carlos Castaneda, Jacobo Grinberg o Alejandro Jodorowsky, que reflexionan sobre la relatividad del tiempo, el espacio y la materia, sobre los sueños, la intuición, sobre la conciencia, el conocimiento científico y la sabiduría de los pueblos originarios.
CD: ¿Cómo se integra todo esto en tu danza, en tu arte?
GA: A partir de mis lecturas y otras experiencias, aprendí a percibir a la naturaleza, a las plantas, como seres vivos, y a dibujar el paisaje con mi cuerpo, con mi movimiento.

CD: Sí, tus clases tienen algo de experiencia mística.
GA: Una clase es un espacio donde trato de transmitir esta cosmovisión. Me convertí en activista y defensora de la vida. Siento, sé que todo está vivo; que cuando le hablás a la naturaleza, ella responde. Y todo lo que hago está relacionado con eso. Cuando trabajamos el huayno, por ejemplo, hacemos una ronda donde nos vinculamos a través de pañuelos. Armamos un nudo entre todos y entre todos debemos desarmarlo, manteniendo los pañuelos en tensión… Lo técnico que hablo en clase es para que muevan su cuerpo, dibujar con el cuerpo: desde donde sale el impulso, un movimiento que tiene que ver con la plástica también.
Daniela Mizrahi: ¿Qué relación establecés con la plástica?
GA: Por ejemplo, cuando hablamos de equilibrar un espacio. Lo mismo que en la plástica, dónde te ubicás en el espacio, si marcás una diagonal, las líneas son los ejes para armar tu dibujo. Y los colores… depende si querés trabajar desde lo lineal o desde el color, son dos lecturas diferentes. La rítmica es el eje principal, después se acomodan ahí la melodía, la estructura, la danza. Cuando les digo que ustedes son un pincel, y su pañuelo es un pincel de color que está pintando el espacio, de algún modo integramos lo plástico en la clase de danza.
CD: ¿Cómo se da tu regreso a Buenos Aires?
GA: En un momento Jaime Torres me propone bailar con él, y eso me trajo de nuevo a Buenos Aires. Empecé a hacer cursos de teatro, y llegué a la Escuela de Teatro de Títeres del Teatro San Martín. Hice los tres años, era muy intenso, y se me abrió otro mundo, el de los objetos y el teatro de objetos. A partir allí todo se integraba: construir, que me lo dio la platería, dibujar, que me lo dieron las artes plásticas, poner el cuerpo, que me lo dio la danza, poner la voz, que me lo dio el teatro, y trabajar con los objetos, que me lo dio la Escuela de Títeres. En mi propia búsqueda soy todo eso, no soy nada y soy todo eso.
CD: ¿Cómo te vinculas con la propuesta artística de tu padre?
GA: Yo me identifico con su rebeldía. Chúcaro significa indomable, arisco, rebelde. Hoy es un símbolo, un referente, aunque en su época fue criticado. Por otra parte, estoy unida afectivamente a los ex bailarines de su compañía. Algunos han formado Los Chucarianos; retomaron coreografías de mi papá y las están montando, suelo ir a verlos.
Manuel Cornejo: ¿Él incorporó el ballet al folklore?
GA: En su época había mucho ballet, donde se cuenta una historia a través de la danza. Influenciado por el ballet, él empezó a montar cuadros con argumentos, a contar historias a través de las danzas folklóricas, cuando antes solamente se mostraban las danzas. Fue un antes y un después, un gran referente, pero al principio era considerado un hereje.
CD: Otro tema en el que asumís una posición es la danza de la mujer.
GA: Sí, hace poco hice un posteo en Facebook donde comenté críticamente una publicación de 1969 donde se describe la zamba en estos términos: Él ataca. Ella se rehúsa. Él no la deja pasar. Él insiste hasta que la conquista. Y se armó una polémica picante con cultores del “folklore tradicional”.
CD: Nos decías que Silvia Zerbini es una referente para vos en este sentido. ¿Qué es lo que te identifica, podés describir su danza?
GA: Imposible. Tenés que verla. (Risas) Silvia tiene una libertad tremenda en lo que se permite con su cuerpo, lo expresivo, la libertad del movimiento. De su generación (1950), no hay nadie así. Imagínate que las mujeres en esa época estaban educadas para esconderse ante la mirada del varón, sumisas.
CD: También mencionaste a Mariela Cazón como referente.
GA: Sí. Mariela es de la Quebrada de Humahuaca. Toda la familia Cazón ha dejado una impronta muy fuerte, sus padres, y Mariela y su hermano Hugo son referentes desde hace varios años.
CD: ¿Hacen un espectáculo?
GA: No, no tanto. Allá tienen otra mirada. Allá sucede el arte, pero no es tanto el escenario. Lo popular es lo popular. Cantan en sus celebraciones, sus fiestas. Yo hice mucho para dar a conocer a Mariela en Buenos Aires, y también a Silvia Zerbini. Porque en Buenos Aires ceen que son la Argentina, pero vos salís por otras provincias y hay otras realidades.
CD: Vos traés mucho de allá, y sostenés algunas celebraciones.
GA: Sí, me rebelo contra la opresión cultural, reivindico el calendario agrario del hemisferio sur y cuestiono nuestra adhesión al calendario Gregoriano. Todos los años celebramos el Inti Raymi y la fiesta de la Pachamama con amigos y alumnos. Explico y comparto el significado del solsticio de invierno, en junio, donde se cierra un ciclo agrario y vital, y en agosto, donde se prepara el inicio de un nuevo ciclo. En esos rituales se quema lo malo del pasado y se proyectan hacia el futuro los nuevos deseos. También celebramos el Carnaval en la Peña del Michi, en San Isidro. En carnaval se festeja el tiempo de la cosecha. Desenterramos al diablo, jugamos y bailamos con ese diablo pícaro, que incita a unirse al festejo, y finalmente lo enterramos, entre llantos y lamentos.
CD: Hace poco hiciste una intervención en la calle, en Palermo Soho, el día de los muertos. Ataviada y con la máscara de la muerte.
GA: Si lo hago en Jujuy no tendría sentido, porque para ellos es algo natural celebrar el día de los muertos. Pero acá sí, interpela a esa mirada europea de la muerte como algo que termina, que corta, de lo que no está bueno hablar. Para mi y para las culturas originarias de América, sin embargo, la muerte es una transformación a otro estado de vida.
CD: ¿Tuviste otras experiencias de teatro callejero?
GA: Sí, participé con el colectivo Fin de un mundo, el 12 de octubre de 2012, con el grupo de teatro Tres Gatos Locos, con Liliana y Galo Bodoc. Se cortó la calle Corrientes y se hizo una intervención desde Callao hasta la avenida 9 de Julio, con una carroza que representaba un barco, y éramos los colonizadores, los vientos, éramos muchísimos, como doscientas personas. Después, se repitió el 24 de Marzo. Fue la primera manifestación artística autoconvocada que marchó por la memoria. A partir de ahí, cada 24 de Marzo se fueron sumando otras manifestaciones y ahora son un montón. También participé en intervenciones en la provincia de Jujuy, y en CABA en el puente de la mujer.

CD: Otro espacio de ritual que proponés anualmente es celebrar el natalicio de tu padre en Cerro Colorado, donde descansa junto a Atahualpa Yupanqui.
GA: Sí, él era muy amigo de Atahualpa. Es importante recordar y evocar a nuestros ancestros.
CD: Considerando el abanico de tus intervenciones, prácticas y espectáculos, ¿podríamos decir que es una mirada integral y antropológica?
GA: Sí, integral porque son muchas áreas del arte, y antropológica porque lo vivo desde las culturas originarias, una cosmovisión que contrapongo a la cultura urbana, occidental, industrial. Y nuevamente integral porque es un todo, ya no puedo separarlo, es un todo para mí.






















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