LA ENFERMEDAD ES EL SISTEMA

León Pomer

Angelus Novus, pintura de Paul Klee


“La pandemia continúa expandiéndose y sus cimbronazos exponen el salvajismo de la estructura del poder mundial. Un capitalismo que maximiza ganancias en todos los órdenes de la vida social, devora todo lo que encuentra y destroza el andamiaje democrático que durante mucho tiempo ha ocultado su angurria insaciable. En la penumbra de este derrumbe se vislumbra a la bestia que agoniza mientras mata a sangre y fuego” (Peralta Ramos, 2021).

La bestia, sacudida por tenebrosos espasmos, hoy excreta agónicos aullidos e imprime su signo mortuorio al entero planeta. Cuando joven y vigorosa, rebosante de infatuación y preñada de áureas ambiciones, se lanzó a conquistar el mundo, pretextando “civilizar”. El capitalismo comenzó por esclavizar y destruir a los que, sin conocer, reputó de sub humanos: no le importaron las catástrofes humanas que producía. Su historia puede ser leída desde diferentes ángulos. El extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas es uno de ellos; el deslumbre que propagan oculta los mares de sangre que derramó y continúa derramando: el salvajismo es la sombra tenebrosa que siempre lo acompaña. Quiso ocultar, justificar, disimular; utilizó el “andamiaje democrático” que hoy ya no soporta ni le sirve. Su etapa neoliberal, en plena descomposición, arrasó con orgullos e ilusiones y sembró frustraciones y angustias.

Un grande y singular pensador, Walter Benjamin, reflejó la gigantesca tragedia vivida por la humanidad modelada por el capitalismo, valiéndose de una pintura del suizo germanizado Paul Klee. Las palabras que entonces escribió se hicieron célebres: “hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. Allí, donde vemos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas […] Tal tempestad es lo que llamamos progreso” (Benjamin, 2010: tesis IX).

La palabra “progreso”, engañadora y falaz, fue asociada al capitalismo: sirvió para ocultar los escombros humanos que acumuló detrás de sus pasos. A propósito, Alemania acaba de pedir perdón a Namibia por el genocidio, hasta ahora no mentado, que cometió entre 1904 y 1908, cuando ese país era colonia suya. Como reparación, le donará mil cien millones de euros, a pagar en cómodas cuotas anuales… durante 30 años.

Escuchemos ahora a un personaje relevante durante un período relativamente reciente en los Estados Unidos. Resumo un texto publicado por el filósofo italiano Franco Berardi (2020:.32). Es una lista de horrores, limitada pero expresiva, sobre todo por quién es el autor, que Berardi reproduce y yo a Berardi. Veamos:

-Imperio azteca: la conquista española redujo la población de 25 millones a 1 -millón;

-en Norteamérica, el 90% de la población indígena murió en los primeros 5 años de haber entrado en contacto con los invasores europeos. A esta mortandad hay que agregar los cientos de miles muertos en el siglo XIX;

-en la India, entre 1857 y 1867, “se sospecha” que los británicos mataron cerca de un millón de civiles, en la rebelión que se produjo a partir de 1857;

-la introducción forzada del opio en China, a cargo de los británicos, ocasionó millones de víctimas, sin contar las bajas chinas durante la Primera y Segunda Guerra del opio;

-en el Congo, propiedad personal del rey de Bélgica, Leopoldo II, fueron asesinadas entre 10 y 15 millones de personas de 1890 a 1910;

-en Viet Nam fueron muertos entre 1 y 3 millones de personas entre 1955 y 1975;

-agréguense millones de asesinados en el mundo musulmán, y en Indonesia, donde entre 1835 y 1840, los holandeses mataron cerca de 300.000 civiles;

-en Argelia, entre 1830 y 1845, los franceses liquidaron casi la mitad de la población;

-los italianos, para no ser menos, entre 1927 y 1934 exterminaron entre 80.000 y 500.000 internados en campos de concentración;

-sumemos, en los días actuales, las víctimas de Libia, Irak, Afganistán, Yemen, Palestina y varios etcéteras, en África, en Asia y en nuestra mal llamada América Latina.

Los números que el lector acaba de leer fueron originariamente publicados en un texto de Zbigniew Brzezinski (2016), fuente seguramente insólita, pero insospechable. No son números exhaustivos, ni mucho menos. La conquista española mató millones de nativos que no figuran en la lista. Entre ellos, los sacrificados en la minería de la plata, en el célebre Potosí. Y por qué no agregar las víctimas de las dos guerras mundiales. A los millones asesinados por el nazismo, deben sumarse 26 millones de vidas sacrificadas solo en Rusia durante la invasión alemana.

Vayamos ahora a nuestro presente, al capitalismo que enferma, arruina vidas y las abrevia. Los mitos de la felicidad y del crecimiento económico ilimitado crearon las condiciones para la multiplicación de ciertos males: encubrieron los efectos perversos del fundamentalismo de mercado, responsable de la soledad, la angustia y la depresión de una vida sin sentido que el individualismo hedonista agrava en lugar de paliar. El llamado trastorno bipolar es un cuadro antes conocido como ‘psicosis maníaco depresiva’, que se ha expandido enormemente en los últimos 20 años. El “ataque de pánico” se difundió en tiempos más recientes; el marketing de los laboratorios farmacéuticos lo hizo popular. En 1895, Freud lo llamó neurosis de angustia, caracterizada por la hipertensión arterial súbita, la taquicardia y la dificultad respiratoria, disnea, mareos, sudoración y vómitos o náuseas.

En los niños, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), está a la orden del día. El déficit de atención, la hiperactividad e impulsividad son características de la infancia: fueron elevadas a la categoría de trastorno neurobiológico, un desorden del cerebro. Los neurólogos afirman que es fundamental realizar un diagnóstico temprano para evaluar si tales síntomas se presentan con una intensidad y frecuencia superior a la normal y si interfieren en los ámbitos de la vida escolar, familiar y social. Aquí la pregunta: ¿cuál es la medida de la normalidad y quién la establece? El prestigioso neurólogo Fred Baughman denunció ante el Congreso de los Estados Unidos y presentó una demanda de fraude al consumidor en el Estado de California por el falso diagnóstico de TDAH. Niños completamente normales fueron diagnosticados con ficticios desequilibrios químicos cerebrales, y la subsecuente orden médica de tomar drogas. El diagnóstico induce a medicalizar comportamientos que simplemente se separan de la norma, sin ser propiamente trastornos psíquicos. La neurona está de moda: es tema de mención cotidiana.

La sociedad enferma contagia a las personas. La crisis de opiáceos y de fármacos legales que padecen los Estados Unidos mató 400 000 personas entre 1990 y el 2019; hay un consumo masivo de ansiolíticos, analgésicos, antidepresivos, alcohol y oxicodona. El dolor humano hace la fortuna de una industria orientada a aprovecharlo y a la evasión efímera del individuo desolado. El universo capitalista vive epidemias silenciosas, fabuloso negocio, medicalizado a la medida de las ganancias de los grandes laboratorios. La industria farmacológica provee de novedades que son recetadas por médicos desaprensivos, ignorantes o cómplices de la conjura.

El sufrimiento no se refleja en imágenes de resonancias magnéticas, lo humano no se reduce a los términos de un cerebro ni a las conexiones neuronales. Hay detrás una sociedad, caldo de cultivo de males y negocios de enorme envergadura. Oliver James, en The Selfish Capitalist, sugiere que hay razones convincentes para suponer que las economías del mercado son causa principal de los altos niveles de enfermedades mentales. Según datos de un estudio confiable realizado en 2004 por la Organización Mundial de la Salud, el nivel promedio de enfermedades mentales en los países de habla inglesa afectan a un 23 % de la población, contra el 11,5 % de los países europeos continentales. Advirtiendo además que las enfermedades mentales se han incrementado en el Reino Unido desde la introducción del neoliberalismo de la señora Thatcher, James concluye: "Esto no puede tener relación alguna con los genes".[]

Como consecuencia del mal llamado subdesarrollo, sufrimos un genocidio por goteo, con muertos por deficiencias sanitarias y atención selectiva de la salud, por suicidios, por inseguridad laboral, por comer mal y salteado. Si sumásemos todas las víctimas que produce anualmente el subdesarrollo, veríamos que no es exagerado hablar de un genocidio silencioso.

El dolor social y el individual/emocional son consustanciales al proceso (des)civilizatorio del capitalismo, que recrudece conforme los individuos sufren la insatisfacción que les genera esta forma de organización de la sociedad. A su vez, estas dolencias se erigen en dispositivos de control social sobre los cuerpos, las conciencias, la mente y la intimidad.

La vulnerabilidad de los individuos se ahonda con la crisis pandémica a medida que se amplían las posibilidades de caer en las garras del desempleo, la pobreza extrema y la fatiga ante el encierro. Esto se acrecienta en sociedades “subdesarrolladas” donde la violencia criminal y la inseguridad pública hunden a las personas en el miedo, en la inmovilidad física, mental y emocional, en la dolencia crónica. La depresión se erige como la verdadera pandemia de las sociedades contemporáneas. El individuo se exige a sí mismo y se siente impotente si no es capaz de cumplir con las expectativas autoimpuestas. En un cálculo conservador, se estima que la depresión enferma a 300 millones de seres humanos en el mundo. El padecimiento que conlleva frustra la vida familiar, escolar y laboral: es la gran causa de los 800 000 suicidios que ocurren mundialmente cada año, y que afectan particularmente a la población joven de entre 15 y 29 años.

Quienes manejan el capitalismo digital saben que el gran campo de batalla y de apropiación de los individuos está en la mente y en las emociones. La orfandad ideológica amplía los márgenes para la manipulación de sus conciencias, al tiempo que contribuye a encubrir las causas últimas de los males. El social-conformismo se apropia de la vida cotidiana de los individuos, y la crueldad social continúa haciendo víctimas, que tienden a “normalizar” su dolor y sufrimiento. En cuanto al ángel de Paul Klee, le han cortado las alas. Yace inerme, abandonado en un galpón semi derruido.

Final del último acto de un drama. de Paul Klee

Bibliografía

Benjamin, Walter, Ensayos escogidos. Tesis de filosofía de la historia, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2010.

Berardi, Franco, La Segunda Venida, Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2020.

Brzezinski, Zbigniew, “Toward a Global Realignment”, en The American Interest, junio de 2016.

James, Oliver, The Selfish Capitalist; origins of affluenza, Vermilion, 2008.

Peralta Ramos, Mónica, “Monopolios y control social”, en revista digital El Cohete a la Luna, 23/5/2021.


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